Tengo el peor trabajo de la industria de los videojuegos: soy betatester

«De mayor quiero ser testeador de videojuegos». No tendría más de siete años cuando lo dije y, perdonarás mi candidez, pero no podía concebir mejor oficio que pasarse todo el día jugando a videojuegos. Y encima cobrar por ello.

Algunos años después, cuando la prensa sudaba la gota gorda por medirle el pulso a una industria tan efervescente, tuve la oportunidad de charlar con un par de profesionales de la extinta Pyro Studios. «Aquí todos hacemos un poco de todo», me dispararon. No parecía que fuese un trabajo tan cotizado. ¿El tester nace o se hace?

Otro puñado de años después empezaron a salir a la luz testimonios que apuntaban a rondas de 14 horas al día, 7,5 dólares la hora y trabajando sólo en ciclos de siete u ocho meses. Una marea redundante de tipos que no aparecían en los créditos, que no jugaban, sino buscaban errores en prototipos injugables. Y, por tu propio bien, no encuentres demasiados o sólo vas a sentir impotencia: la mitad de tus quejas van a acabar en la basura. Al menos no acabas muerto.

Entonces, ¿dónde estaba esa testing room de la que hablaban las viejas leyendas, esa Arcadia con olor a gimnasio llena de juegos ultrasecretos a medio cocinar? Al fondo, a la derecha.

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